Y en un breve instante de lucidez, ordeno a los sentidos reprimir la sensatez.
Esta
noche, una vez más, desperté desesperado. Arrinconado entre sueños, logrando
por fin, abrir una grieta y escapar de ese laberinto mental que me acorrala
cada noche. Destellos lunares ciegan mi camino y me sumergen en un espacio que
alguna vez se tiñó de blanco, se cuelan por la habitación y le dan cuerda a mi
engranaje cerebral, hacen volver de su viaje a mi alma convertida en papalote errante, obligando a mi cerebro a
tomarse unos segundos a fin de recobrar la cordura para que, de pronto, todo mi
ser se llene de conciencia: pesadilla una vez más.
Ahí,
bajo el efecto hipnótico de su piel desnuda iluminada por aquel brillo
nocturnal que nos cobija, percibo su mirada tranquila, vagando libre en aquella
inmensidad infinita de sus sueños, donde quisiera yo ser el único invitado a
volar y ser el compañero de sus fantasías.
Me
tomo unos segundos y de pronto acepto el recorrido por aquel torbellino de
recuerdos que me remiten a mi vida tras de él. A esta historia que se escribe
día con día sin un orden aparente.
Como
si fuera un juego perverso del destino, fui conducido sin invitación a un lugar
donde nadie me esperaba y donde a nadie impresioné, un lugar en el que él era
el único, un lugar donde él reinaba con el simple hecho de tan sólo existir.
Fue después de nuestro primer contacto que, con unas gafas antepuso una barrera
ocular necesaria para disimular y no perderme en el hechizo de sus ojos, ese brillo embriagante que ni el
sol puede ensombrecer. Sin embargo, su estrategia fue tardía. El efecto había
penetrado mis entrañas y cada vez su presencia, su aroma y su belleza me
acercaban al abismo inesperado de su pasión involuntaria.
En
un intento por conocer sus espacios y poco a poco adaptarme a ellos, conocí una
pequeña mazmorra infestada por entes intoxicados y extasiados, inquilinos desconocidos para mí pero
familiares para él. Es en este ambiente tan peculiar donde nos dejamos sumergir
por sus pasillos, enervados por ese jugo infecto propio del lugar, donde
nuestras vidas tomaron un nuevo rumbo, encanto que se desvanecía justo antes
de que aquella estrella matutina arribara para opacar con su calor, el brillo
de la noche.
Fue
una ocasión extraordinaria, por primera vez tuvimos la oportunidad de compartir
algo tan personal. Por primera vez conocí aquel recinto donde descarga sus
pasiones, frustraciones, miedos, dudas y demás sueños que, al momento, no se ha
animado a realizar.
Nuestro tiempo es efímero pero nunca se termina…
Una
canción desconocida, una ruta por aprender, una noche con sabor a luna, una
maniobra con un juego de llaves infinito que da paso a un silencio que pide a
gritos ser embriagado con la respiración agitada de dos cuerpos intoxicados que
yacen varados e inocentes en la superficie imperfecta del decorado antiguo de
un mobiliario acolchado. Visita inesperada que perturba el espacio más intimo de
aquel ser que ahora sucumbe mis sentidos, despierta mis pasiones y dibuja en mi
rostro la satisfacción de saberme suyo por primera vez, deshaciendo poco a poco
el patrón abotonado, infiltrándonos en una aventura carnal por demás peligrosa
y adictiva, cobijados bajo una lluvia textil que al caer, roza con sus ásperas
aristas nuestra piel desnuda en una caricia anhelada víctima de una
inexperiencia compartida.
Sus
ojos, la ventana de sus deseos, sus labios, el acceso perfecto a lo más
profundo y puro; nuestra piel, el atuendo adecuado que permite la unión de dos
cuerpos que nacieron separados, que merecían permanecer juntos y que finalmente
se encontraron. Perfecta conexión corpórea que mezcla y funde, en un encaje
perfecto a dos almas que, siendo tan distintas, llegan a ser tan semejantes,
volviéndolas un sólo cuerpo que habita en un sólo espacio: una misma vida.
Decir
su nombre es electrizar mi cuerpo, perderme en sus ojos es hacer que el tiempo
se detenga, besar sus labios es por fin calmar los demonios que provocan la
urticaria cerebral que perturban y alteran todos mis sentidos. Es vivir ansioso
por tener su cuerpo por siempre conmigo y no dejarlo escapar jamás. Es tener al
mundo de mi lado, no tener que escapar, cuando al único lugar donde puedo
hacerlo es a sus brazos, agazapado por su voz bendita que hace que los ángeles
sientan envidia de la maravilla que emana de nuestros cuerpos.
Un
amor impenetrable, indestructible e inseparable, un amor que arde opacando el
brillo del sol, una vida compartida que no envejece, que permanece joven para
siempre en un mismo cuerpo, en un mismo momento, que nace y nunca muere que se
vuelve eterno como esta noche.
Una
vez más mi mente es traída a casa por la magnificencia de su vida tendida
frente a la mía, me despido de mi existencia apoyando mi cabeza sobre su pecho,
cerrando mis ojos embriagados de tantos sueños a su lado y echando a volar una
vez más el papalote para que se desvanezca en la profundidad de un alucinación
eterna cobijada por la luna y protegida por sus brazos.
En esta historia que está por
escribirse, termino el recorrido…
Mis
demonios están en caos una vez más, mi mente yace inerte en la cavidad cefálica
que a gritos es detonada con un estímulo más fuerte a mi capacidad
motora, mis neuronas energúmenas escupen un léxico ininteligible que vuelven mi
lenguaje un campo minado donde estallan los más mundanos y reprimidos miedos
humanos con los que este infierno terrenal camuflado con tintes celestiales
llamado vida, ha decidido dotarme.
Heridas
profundas se dibujan en su rostro, en su piel, en su cuerpo y en su alma cada
vez que mi cerebro es bombardeado con la aparente magnificencia de aquel
intruso con dejo de banalidad, un rostro inexpresivo y un Eros falso incrustado
en la sonrisa.
La
parte antagónica, absurda y mediocre de mí mismo, encarnado en otro hombre, el
verdugo de mis pesadillas. El farsante que adorna su andar con ilusiones
etílicas que ciegan y roban minuto a minuto lo que por tanto tiempo ha sido
mío, aquello que llena mi ser, razón por la que lo protejo celosamente. Una historia que se
tornó impredecible, un demonio disfrazado de intruso con una careta depravadamente
amigable que llega cada segundo a estropear la armonía que difícilmente brota
de mi piel desde un universo que cada vez desconozco más. Su anatomía inerte,
amorfa y sin sentido, se sublima en una toxina irritante para mi cuerpo, pero
excitante para el ser que ocupa cada neurona de éste, mi cerebro irracional; me
convierte en uno más, destruye el adjetivo de ser único para devenir en un ser
ordinario y desechable.
Una
vez consciente, una disculpa vacía y sin fuerza que pretende olvidar y sanar
aquellas yagas que dolorosamente se escocen en mi alma cada vez que visualizo
en mi mente, en mis sueños y en mi realidad la imagen más perversa y aterradora
que me enerva y me derrumba, que sabotea mi incipiente equilibrio emocional a
cada parpadeo.
Al final, termino varado donde hace
tiempo comencé…
En
esta penumbra que es ahora mi mente, todo termina pareciéndose cada vez más a
nuestro principio, una vida ajena, que se llena con los sueños y las ilusiones
de dos seres que vagan en el espacio etéreo de una vida compartida pero
ignorada. En este punto donde las miradas se cruzan por primera vez, en una
historia para siempre repetida donde lo único que mi mente logra concebir es la
maravilla angelicalmente endemoniada, personificada en esa imagen masculina que
mi cuerpo aletargado reconoce como mi Caronte personal que por fin y de una vez
por todas, decide todo terminar, me instala en su barca tomando como óbolo mi
alma, me lleva a casa y me suspende en un sueño infinito que comienza una vez
más, cada vez que despierto indefenso e inocente, abrazado junto a él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario