Es de noche y mi cama
reclama su presencia
Una vez más estoy agonizando. ¡No me culpes! así
nací y no lo puedo evitar. Un dejo de muerte recorre mi ser, invade mis células
y contamina mi sangre, sangre que al derramarse e inundar el ambiente con la
delicia de su aroma ferroso, detona en mí un éxtasis profundo y particular,
talvez por sentir, aunque muy sutilmente, la presencia de la muerte acariciando
mi cuerpo. Y cómo no querer morir cuando la configuración idílica de la
perfección humana, la única capaz de equilibrar mi pulsión de muerte con su
naturaleza erótica, se tambalea en una balanza de contrapesos exageradamente
opuestos.
Si pudiera asignarle una descripción, mi cama es
el lugar perfecto para volcar todo lo perverso de mis sentidos y demás
debilidades carnales. Compartirla, es abrirle una herida al egoísmo con tal de
regalar lo más íntimo de mi ser al más dulce y tóxico perfume masculino.
Ser llevado por su cuerpo es la experiencia más
extraordinaria que un simple mortal como yo puede conocer. Envuelto en la
suavidad de sus cabellos, atado de sus ojos y sometido por sus labios, no puedo
más que quedarme varado en el más excitante letargo terrenal.
Nunca había despertado
con un hombre a mi lado.
Afortunadamente esta noche es diferente. Él y
yo varados en esta habitación de un blanco infinito, de muros inmensos que nos
cobijan y protegen de la maldad humana exterior. Esa habitación sin tiempo que
me suspende en el vacío, me sumerge en lo prohibido: atmósfera perfecta para
dejarme ser devorado por aquel olor sutil y sublime, casi imperceptible a los
sentidos de lo ordinario, sin embargo para mí, es la fragancia que perfuma mi
interior, ininteligible a mis tardos sentidos, pero reconocido como lo más puro
de su esencia que me conduce a la locura, al tiempo que le da sentido a mi
infortunio.
Aferrarme a la vida es lo que hago desde que se
convirtió en lo más hermoso de ella, sentir que todo ha valido la pena por
estar esta noche entre sus brazos, es la afirmación más exacta que jamás había
podido descifrar.
El lenguaje tácito de sus labios, que me conceden
el honor de interpretarlo y llegar a conocer hasta lo más profundo de sus
debilidades, entender sus pasiones para luego simplemente fundirlas con las
mías. Dejarme desvanecer en la suavidad de su piel, la magnificencia de su
cuerpo, su delicadeza fálica que enerva mis neuronas y recorre la amorfia de mi
ser con una electricidad punzante al compás de los acelerados golpes de mi moribundo
corazón. Sentir que puedo morir y renacer en él.
Morir en este momento pudiera ser el regalo más
cercano a tocar el paraíso, bautizado por el cálido tacto de su esencia vital
que vuelve a los humanos inmortales, ese elixir que se sirve en el envase de mi
cuerpo, que se escurre sobre los bordes de mi piel y que se funde con la
torpeza de mis manos.
Morir en medio de la
nada, de esa nada que siempre fui ...
esa nada que nunca extrañaré.
Sé que caminar al lado mío es como caminar en
solitario, es por eso que esta noche, sin nada más que entregarle, me desprendo
de mi cuerpo, este cuerpo que alguna vez fue suyo y mío. Este cuerpo inerte que
a su lado reposa, estos brazos que alguna vez lo refugiaron y que se quedarán
eternamente haciéndolo. Unos ojos que día a día recargaban ese brillo con el
haz lunar que de los suyos emanaba.
Huéspedes de una luna que era nuestra, una luna
que, a pesar de su egoísmo, tuvo a bien hacernos el regalo perfecto, representado
en una mascota. Esa luna que vigila nuestra noche, que cobija nuestros cuerpos y
protege nuestros sueños. Sueños donde sólo existimos él, yo y un mundo que gira
alrededor y gracias a nosotros.
Un sueño que enamora pero perturba, un sueño que
se pierde al abrir los ojos, que deviene en pesadilla, un sueño que se esfuma
al despertar en un lugar que no reconozco. Una habitación extraña donde resido
ausente, solitario… olvidado.
Escribo una historia
que bien puede terminar en un segundo
o que talvez nunca comenzó.
Nunca había imaginado compartir mis sueños con
nadie más, nunca había despertado con un hombre a mi lado, pero en esta noche
eterna agradezco a la vida que, cuando despierto, encuentro su cuerpo soñando
justo aquí… a mi lado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario