lunes, 22 de julio de 2013

... Cuatro Minutos Diez ...


  Y en un breve instante de lucidez, ordeno a los sentidos reprimir la sensatez.

Esta noche, una vez más, desperté desesperado. Arrinconado entre sueños, logrando por fin, abrir una grieta y escapar de ese laberinto mental que me acorrala cada noche. Destellos lunares ciegan mi camino y me sumergen en un espacio que alguna vez se tiñó de blanco, se cuelan por la habitación y le dan cuerda a mi engranaje cerebral, hacen volver de su viaje a mi alma convertida en  papalote errante, obligando a mi cerebro a tomarse unos segundos a fin de recobrar la cordura para que, de pronto, todo mi ser se llene de conciencia: pesadilla una vez más.

Ahí, bajo el efecto hipnótico de su piel desnuda iluminada por aquel brillo nocturnal que nos cobija, percibo su mirada tranquila, vagando libre en aquella inmensidad infinita de sus sueños, donde quisiera yo ser el único invitado a volar y ser el compañero de sus fantasías.

Me tomo unos segundos y de pronto acepto el recorrido por aquel torbellino de recuerdos que me remiten a mi vida tras de él. A esta historia que se escribe día con día sin un orden aparente.

Como si fuera un juego perverso del destino, fui conducido sin invitación a un lugar donde nadie me esperaba y donde a nadie impresioné, un lugar en el que él era el único, un lugar donde él reinaba con el simple hecho de tan sólo existir. Fue después de nuestro primer contacto que, con unas gafas antepuso una barrera ocular necesaria para disimular y no perderme en el hechizo de  sus ojos, ese brillo embriagante que ni el sol puede ensombrecer. Sin embargo, su estrategia fue tardía. El efecto había penetrado mis entrañas y cada vez su presencia, su aroma y su belleza me acercaban al abismo inesperado de su pasión involuntaria.

En un intento por conocer sus espacios y poco a poco adaptarme a ellos, conocí una pequeña mazmorra infestada por entes intoxicados y extasiados,  inquilinos desconocidos para mí pero familiares para él. Es en este ambiente tan peculiar donde nos dejamos sumergir por sus pasillos, enervados por ese jugo infecto propio del lugar, donde nuestras vidas tomaron un nuevo rumbo, encanto que se desvanecía justo antes de que aquella estrella matutina arribara para opacar con su calor, el brillo de la noche.

Fue una ocasión extraordinaria, por primera vez tuvimos la oportunidad de compartir algo tan personal. Por primera vez conocí aquel recinto donde descarga sus pasiones, frustraciones, miedos, dudas y demás sueños que, al momento, no se ha animado a realizar.

Nuestro  tiempo es efímero pero nunca se termina…

Una canción desconocida, una ruta por aprender, una noche con sabor a luna, una maniobra con un juego de llaves infinito que da paso a un silencio que pide a gritos ser embriagado con la respiración agitada de dos cuerpos intoxicados que yacen varados e inocentes en la superficie imperfecta del decorado antiguo de un mobiliario acolchado. Visita inesperada que perturba el espacio más intimo de aquel ser que ahora sucumbe mis sentidos, despierta mis pasiones y dibuja en mi rostro la satisfacción de saberme suyo por primera vez, deshaciendo poco a poco el patrón abotonado, infiltrándonos en una aventura carnal por demás peligrosa y adictiva, cobijados bajo una lluvia textil que al caer, roza con sus ásperas aristas nuestra piel desnuda en una caricia anhelada víctima de una inexperiencia compartida.

Sus ojos, la ventana de sus deseos, sus labios, el acceso perfecto a lo más profundo y puro; nuestra piel, el atuendo adecuado que permite la unión de dos cuerpos que nacieron separados, que merecían permanecer juntos y que finalmente se encontraron. Perfecta conexión corpórea que mezcla y funde, en un encaje perfecto a dos almas que, siendo tan distintas, llegan a ser tan semejantes, volviéndolas un sólo cuerpo que habita en un sólo espacio: una misma vida.

Decir su nombre es electrizar mi cuerpo, perderme en sus ojos es hacer que el tiempo se detenga, besar sus labios es por fin calmar los demonios que provocan la urticaria cerebral que perturban y alteran todos mis sentidos. Es vivir ansioso por tener su cuerpo por siempre conmigo y no dejarlo escapar jamás. Es tener al mundo de mi lado, no tener que escapar, cuando al único lugar donde puedo hacerlo es a sus brazos, agazapado por su voz bendita que hace que los ángeles sientan envidia de la maravilla que emana de nuestros cuerpos.

Un amor impenetrable, indestructible e inseparable, un amor que arde opacando el brillo del sol, una vida compartida que no envejece, que permanece joven para siempre en un mismo cuerpo, en un mismo momento, que nace y nunca muere que se vuelve eterno como esta noche.

Una vez más mi mente es traída a casa por la magnificencia de su vida tendida frente a la mía, me despido de mi existencia apoyando mi cabeza sobre su pecho, cerrando mis ojos embriagados de tantos sueños a su lado y echando a volar una vez más el papalote para que se desvanezca en la profundidad de un alucinación eterna cobijada por la luna y protegida por sus brazos.

En esta historia que está por escribirse, termino el recorrido…

Mis demonios están en caos una vez más, mi mente yace inerte en la cavidad cefálica que a gritos es detonada con un estímulo más fuerte a mi capacidad motora, mis neuronas energúmenas escupen un léxico ininteligible que vuelven mi lenguaje un campo minado donde estallan los más mundanos y reprimidos miedos humanos con los que este infierno terrenal camuflado con tintes celestiales llamado vida, ha decidido dotarme.

Heridas profundas se dibujan en su rostro, en su piel, en su cuerpo y en su alma cada vez que mi cerebro es bombardeado con la aparente magnificencia de aquel intruso con dejo de banalidad, un rostro inexpresivo y un Eros falso incrustado en la sonrisa.

La parte antagónica, absurda y mediocre de mí mismo, encarnado en otro hombre, el verdugo de mis pesadillas. El farsante que adorna su andar con ilusiones etílicas que ciegan y roban minuto a minuto lo que por tanto tiempo ha sido mío, aquello que llena mi ser, razón por la que lo protejo celosamente. Una historia que se tornó impredecible, un demonio disfrazado de intruso con una careta depravadamente amigable que llega cada segundo a estropear la armonía que difícilmente brota de mi piel desde un universo que cada vez desconozco más. Su anatomía inerte, amorfa y sin sentido, se sublima en una toxina irritante para mi cuerpo, pero excitante para el ser que ocupa cada neurona de éste, mi cerebro irracional; me convierte en uno más, destruye el adjetivo de ser único para devenir en un ser ordinario y desechable.

Una vez consciente, una disculpa vacía y sin fuerza que pretende olvidar y sanar aquellas yagas que dolorosamente se escocen en mi alma cada vez que visualizo en mi mente, en mis sueños y en mi realidad la imagen más perversa y aterradora que me enerva y me derrumba, que sabotea mi incipiente equilibrio emocional a cada parpadeo.

Al final, termino varado donde hace tiempo comencé…

En esta penumbra que es ahora mi mente, todo termina pareciéndose cada vez más a nuestro principio, una vida ajena, que se llena con los sueños y las ilusiones de dos seres que vagan en el espacio etéreo de una vida compartida pero ignorada. En este punto donde las miradas se cruzan por primera vez, en una historia para siempre repetida donde lo único que mi mente logra concebir es la maravilla angelicalmente endemoniada, personificada en esa imagen masculina que mi cuerpo aletargado reconoce como mi Caronte personal que por fin y de una vez por todas, decide todo terminar, me instala en su barca tomando como óbolo mi alma, me lleva a casa y me suspende en un sueño infinito que comienza una vez más, cada vez que despierto indefenso e inocente, abrazado junto a él.


miércoles, 10 de octubre de 2012

… Con Olor a Crepa, Manzana y Café …



Es de noche y mi cama reclama su presencia

Una vez más estoy agonizando. ¡No me culpes! así nací y no lo puedo evitar. Un dejo de muerte recorre mi ser, invade mis células y contamina mi sangre, sangre que al derramarse e inundar el ambiente con la delicia de su aroma ferroso, detona en mí un éxtasis profundo y particular, talvez por sentir, aunque muy sutilmente, la presencia de la muerte acariciando mi cuerpo. Y cómo no querer morir cuando la configuración idílica de la perfección humana, la única capaz de equilibrar mi pulsión de muerte con su naturaleza erótica, se tambalea en una balanza de contrapesos exageradamente opuestos.

Si pudiera asignarle una descripción, mi cama es el lugar perfecto para volcar todo lo perverso de mis sentidos y demás debilidades carnales. Compartirla, es abrirle una herida al egoísmo con tal de regalar lo más íntimo de mi ser al más dulce y tóxico perfume masculino.

Ser llevado por su cuerpo es la experiencia más extraordinaria que un simple mortal como yo puede conocer. Envuelto en la suavidad de sus cabellos, atado de sus ojos y sometido por sus labios, no puedo más que quedarme varado en el más excitante letargo terrenal.

Nunca había despertado con un hombre a mi lado.

Afortunadamente esta noche es diferente. Él y yo varados en esta habitación de un blanco infinito, de muros inmensos que nos cobijan y protegen de la maldad humana exterior. Esa habitación sin tiempo que me suspende en el vacío, me sumerge en lo prohibido: atmósfera perfecta para dejarme ser devorado por aquel olor sutil y sublime, casi imperceptible a los sentidos de lo ordinario, sin embargo para mí, es la fragancia que perfuma mi interior, ininteligible a mis tardos sentidos, pero reconocido como lo más puro de su esencia que me conduce a la locura, al tiempo que le da sentido a mi infortunio.

Aferrarme a la vida es lo que hago desde que se convirtió en lo más hermoso de ella, sentir que todo ha valido la pena por estar esta noche entre sus brazos, es la afirmación más exacta que jamás había podido descifrar.

El lenguaje tácito de sus labios, que me conceden el honor de interpretarlo y llegar a conocer hasta lo más profundo de sus debilidades, entender sus pasiones para luego simplemente fundirlas con las mías. Dejarme desvanecer en la suavidad de su piel, la magnificencia de su cuerpo, su delicadeza fálica que enerva mis neuronas y recorre la amorfia de mi ser con una electricidad punzante al compás de los acelerados golpes de mi moribundo corazón. Sentir que puedo morir y renacer en él.

Morir en este momento pudiera ser el regalo más cercano a tocar el paraíso, bautizado por el cálido tacto de su esencia vital que vuelve a los humanos inmortales, ese elixir que se sirve en el envase de mi cuerpo, que se escurre sobre los bordes de mi piel y que se funde con la torpeza de mis manos.

Morir en medio de la nada, de esa nada que siempre fui ...
esa nada que nunca extrañaré.

Sé que caminar al lado mío es como caminar en solitario, es por eso que esta noche, sin nada más que entregarle, me desprendo de mi cuerpo, este cuerpo que alguna vez fue suyo y mío. Este cuerpo inerte que a su lado reposa, estos brazos que alguna vez lo refugiaron y que se quedarán eternamente haciéndolo. Unos ojos que día a día recargaban ese brillo con el haz lunar que de los suyos emanaba.

Huéspedes de una luna que era nuestra, una luna que, a pesar de su egoísmo, tuvo a bien hacernos el regalo perfecto, representado en una mascota. Esa luna que vigila nuestra noche, que cobija nuestros cuerpos y protege nuestros sueños. Sueños donde sólo existimos él, yo y un mundo que gira alrededor y gracias a nosotros.

Un sueño que enamora pero perturba, un sueño que se pierde al abrir los ojos, que deviene en pesadilla, un sueño que se esfuma al despertar en un lugar que no reconozco. Una habitación extraña donde resido ausente, solitario… olvidado.

Escribo una historia que bien puede terminar en un segundo 
o que talvez nunca comenzó.



Nunca había imaginado compartir mis sueños con nadie más, nunca había despertado con un hombre a mi lado, pero en esta noche eterna agradezco a la vida que, cuando despierto, encuentro su cuerpo soñando justo aquí… a mi lado.


sábado, 1 de octubre de 2011

... Lentes de Visión Caleidoscópica ...



Si ya alguna vez me enamoré del Demonio, qué más da caer ahora 
en los encantos de uno de sus Ángeles...

De pronto un susurro melódico del viento hizo que en un gesto casi mecánico mis párpados percibieran de nueva cuenta el golpeteo de lo desconocido. Al olfato, un aroma fétido insoportable y a la vista, lo primero que pude hacer fue acostumbrarme al ambiente azufrado de aquel oscuro recinto de apariencia indescriptible. Arrastrándome por lo que al tacto parecía el suelo, me dispuse a recorrer aquel calabozo. A lo lejos pude ver una pequeña antorcha incrustada entre las rocas. Me incorporé y fui lo más rápido que mis piernas adormecidas y ensangrentadas lo permitían. 

Una vez guiado por el sendero iluminado por la luz de aquel sol artificial fui reconociendo poco a poco dónde me encontraba. No hace mucho había entrado a esa caverna. Sin poder recordar bien los motivos, lo único que azotaba mi mente y a mi cuerpo en esos momentos era aquel miedo infernal que me acosaba aquella primera vez hace ya tiempo atrás.

Si meditarlo demasiado me adentré en las profundidades de aquel lugar, mientras caminaba fui cruzando varias bóvedas, pequeñas celdas donde yacían varias criaturas de naturaleza salvaje, pero que con el tiempo se habían convertido en entes indefensos, incluso algunos ya domesticados, otros  habían muerto en el intento por salir vivos de aquel encierro y, al final de un largo pasillo con una brillante luz púrpura, se vislumbraba la bóveda principal. Su huésped era la criatura más despiadada, inhumana e impredecible que podría haber existido jamás. Su aspecto era insignificante, lo supe porque afortunadamente dormía mientras yo la analizaba, en apariencia horrenda pero con el poder de destruir deliberadamente todo lo que tocara y el placer que inundaba su asquerosa figura regordeta al saber que podía hacerlo.

Justo enfrente de aquel recinto se encontraba tu guarida…

En mi mente todo sigue aún muy ambiguo, obligo a mi cabeza a recordar pero sólo me engaña con falsas memorias y es que aparentemente llegaste como caído del Cielo en esos momentos pero, si estoy en el Infierno entonces… ya me confundí…!!

Todavía recuerdo aquel momento en que cruzamos miradas por primera vez. Yo: indefenso, asustado y tú seguro como siempre, con esa luz asfixiantemente adictiva en aquellas lunas negras que me miraban meticulosamente como queriendo descifrar mi pasado y mi presente en una sola toma.

Así, varado en esta prisión sin salida con el dulce roce de tu mirada sobre mi débil ser, perdido en letargo de tu encanto, en este intento absurdo de saber de mi, te pido por favor que me dejes escribir sobre ti… Que me dejes a través de las palabras configurar y dar vida a las emociones que por tanto tiempo, celosamente he guardado para ti.
 

 Y en este camino te inventé una historia. Una historia en la cual apareciste disfrazado con unas gafas de sol que camuflajeaban el hechizo de tus ojos negros para con ello evitar el reflejo del lado más oscuro de tu alma.  En esta incertidumbre insoportable de no saber si eres ángel o demonio que me tiene hoy al borde del abismo. Donde lo único que me queda es esta última gota de sangre que resbala por mi cuerpo y que desea ser saboreada por el fino tacto de tus labios. Esos labios que ni en sueños he podido degustar  por temor a violar aquel pacto tácito que alguna vez creaste, haciéndome creer que un simple, débil e insignificante mortal como yo jamás podrá alcanzar y mucho menos disfrutar de tu divinidad infernal.

Asignarte un nombre para reconocerte, evidentemente es lo de menos. Puede ser alguno bíblico, que seas la luz de Dios o simplemente llamarte nadie y justo a nadie jamás le importaría. Solamente a mí, que con el simple hecho de saborear las letras que denotan la morfología de tu ser, me llena de un sublime sentimiento de vulnerabilidad, de completa sumisión al simple tacto de tu voz y ese brillo penetrante de tu dulce mirada.

Soy tu más fiel seguidor y no me importa que lo sepas, porque creo que has de haber notado que me encanta serlo. Quiero que me enseñes de lo que eres capaz. Quiero que me dejes sin aliento, que absorbas una a una mis lágrimas, mis sueños, mi ser entero y, en un delicado roce de tu dulce piel, mi cuerpo sea recorrido por el escalofrío que producen tu manos. Me fascina que me envuelvas con tu juego de palabras, de conversaciones improvisadas, de aventuras sin sentido, de palabras perfectas en un lenguaje ininteligible… de ti. Admirarte me domina porque, cada vez que mi mirada se posa en ti, me invitas a perderme en tu inmensidad, a seguir maravillado con esa tu belleza imperfecta que tanto sabotea mis sentidos.

Esa necesidad absurda de saber de ti, de sentirte cerca. De compartir tu respiración, de inhalar tu presencia. De saborear tu vida y de imaginar la mía al lado de la tuya. En esa atmósfera donde los dos quedamos rodeados de música y donde toda hablaba de ti. Adormecido en el efecto excitante de tu ser, cual caleidoscopio que con sus espectáculo confunde y aturde la vista. En un espejismo perfecto donde por fin el tánatos que invade mi alma ha encontrado a su eros que equilibra su continua pulsión de muerte y lo invita a regocijarse con el elixir de su mirada. Un eros egoísta que se alimenta con mi sangre y que no me permite nunca disfrutar un poco de su deleite.

Podría llenar éste mi epitafio con líneas de adjetivos, poesía y metáforas, sin embargo, sabes bien que todo se desmorona con el simple soplo de tu respiración en una expresión de desapruebo a toda esta cursilería barata que tú, en tu lengua extraña, nombras ñoñerías…

Anoche volví a soñar contigo y debiste haber visto mi sonrisa. En aquella imagen dibujé el sonido de tu voz y quedó grabado en lo más profundo de mi alma. Repliqué la imagen de tu rostro y el discreto rizado de tu cabello. ¿Acaso será que mi cuerpo se rehúsa a olvidar aquella idílica configuración facial de sentidos, adornada por pequeños detalles metálicos? No lo sé, ahora sólo me queda esta perfecta impresión fotográfica que te quiero regalar.

Si te he de ser sincero, a veces me gustaría admitir que me enamoraste. Pero quién pudiera enamorarse de alguien como tú, de este Ángel Infernal que hoy tengo frente a mí, un ser amorfo del cual no tengo registro en mi memoria. No sé en qué momento te volviste tan indispensable para respirar. No sé cómo pude colarme hasta este espacio submundano donde tu gobiernas. No sé por qué no pude escapar de tu sonrisa irreverente, tu melena abundante y tu apariencia desaliñada tan carentes de atracción a primera vista. Tal vez cegado por lo que suponía de ti, talvez fue por mi insoportable y constante decepción de esa cosa absurda que los humanos llaman amor que, nunca pensé enamorarme de algo como tú, de alguien que apareció sin ser siquiera convocado.

De pronto estás aquí y no es que pretenda en este viaje descifrar tus defectos y todo lo que no buscaría fuera de mí… digamos que hasta en eso soy inexperto ya que los conozco, los he visto y aborrecido en las otras criaturas pero no sé por qué no puedo alejarme de tu presencia perfectamentamente imperfecta.

Que ¿por qué tengo presente tantos detalles tuyos?  La verdad es que ni yo mismo lo comprendo. Talvez sea porque me quedé con las ganas de tanto, que al momento de desvanecerte en aquella nube azufrosa te llevaste mis ilusiones contigo. No sé por qué me cuesta tanto trabajo hablar de amor en un intento de declaratoria inconsciente de lo que nunca sucedió, de lo que nunca tuvimos pero que me envolvió en el más delicioso conflicto psicótico y bizarramente emocional. Porque has de estar satisfecho que eso fue lo único que aquella mirada tuya tan perturbadora provocó en mí

Esa mirada que me envuelve en la más dañina seguridad, en una tentadora inspiración que desata las más profundas pasiones de mi ser, aunque debo confesarte que en ningún momento pude pensar en el deseo evidente por deleitarme con el tóxico sabor de tu piel y recorrer cada uno de tus rincones, porque llegaste a ser lo más puro que alguien en la vida me pudiera regalar y nunca lo quise trastornar con la maraña de locuras neuronales en mi cabeza ni mucho menos contaminar con mis pensamientos insanos de sabotajes emocionales y mis manos sucias producto de aquellas enervantes debilidades carnales del pasado. 


Ahora gracias a ti, no sé qué es de mí. Sé bien que mi vida ya no es mía, que ya no volveré a la realidad, que nunca más despertaré de nuevo. Y en éste, mi último respiro, sólo quiero que sepas que en tus manos está dejarme morir o concederme el privilegio de seguir soñando.