Si ya alguna vez me enamoré del Demonio, qué más da caer ahora
en los encantos de uno de sus Ángeles...
De pronto un susurro melódico del viento hizo que en un gesto casi mecánico mis párpados percibieran de nueva cuenta el golpeteo de lo desconocido. Al olfato, un aroma fétido insoportable y a la vista, lo primero que pude hacer fue acostumbrarme al ambiente azufrado de aquel oscuro recinto de apariencia indescriptible. Arrastrándome por lo que al tacto parecía el suelo, me dispuse a recorrer aquel calabozo. A lo lejos pude ver una pequeña antorcha incrustada entre las rocas. Me incorporé y fui lo más rápido que mis piernas adormecidas y ensangrentadas lo permitían.
Si meditarlo demasiado me adentré en las profundidades de aquel lugar, mientras caminaba fui cruzando varias bóvedas, pequeñas celdas donde yacían varias criaturas de naturaleza salvaje, pero que con el tiempo se habían convertido en entes indefensos, incluso algunos ya domesticados, otros habían muerto en el intento por salir vivos de aquel encierro y, al final de un largo pasillo con una brillante luz púrpura, se vislumbraba la bóveda principal. Su huésped era la criatura más despiadada, inhumana e impredecible que podría haber existido jamás. Su aspecto era insignificante, lo supe porque afortunadamente dormía mientras yo la analizaba, en apariencia horrenda pero con el poder de destruir deliberadamente todo lo que tocara y el placer que inundaba su asquerosa figura regordeta al saber que podía hacerlo.
Justo enfrente de aquel recinto se encontraba tu guarida…
En mi mente todo sigue aún muy ambiguo, obligo a mi cabeza a recordar pero sólo me engaña con falsas memorias y es que aparentemente llegaste como caído del Cielo en esos momentos pero, si estoy en el Infierno entonces… ya me confundí…!!
Así, varado en esta prisión sin salida con el dulce roce de tu mirada sobre mi débil ser, perdido en letargo de tu encanto, en este intento absurdo de saber de mi, te pido por favor que me dejes escribir sobre ti… Que me dejes a través de las palabras configurar y dar vida a las emociones que por tanto tiempo, celosamente he guardado para ti.
Y en este camino te inventé una historia. Una historia en la cual apareciste disfrazado con unas gafas de sol que camuflajeaban el hechizo de tus ojos negros para con ello evitar el reflejo del lado más oscuro de tu alma. En esta incertidumbre insoportable de no saber si eres ángel o demonio que me tiene hoy al borde del abismo. Donde lo único que me queda es esta última gota de sangre que resbala por mi cuerpo y que desea ser saboreada por el fino tacto de tus labios. Esos labios que ni en sueños he podido degustar por temor a violar aquel pacto tácito que alguna vez creaste, haciéndome creer que un simple, débil e insignificante mortal como yo jamás podrá alcanzar y mucho menos disfrutar de tu divinidad infernal.
Asignarte un nombre para reconocerte, evidentemente es lo de menos. Puede ser alguno bíblico, que seas la luz de Dios o simplemente llamarte nadie y justo a nadie jamás le importaría. Solamente a mí, que con el simple hecho de saborear las letras que denotan la morfología de tu ser, me llena de un sublime sentimiento de vulnerabilidad, de completa sumisión al simple tacto de tu voz y ese brillo penetrante de tu dulce mirada.
Soy tu más fiel seguidor y no me importa que lo sepas, porque creo que has de haber notado que me encanta serlo. Quiero que me enseñes de lo que eres capaz. Quiero que me dejes sin aliento, que absorbas una a una mis lágrimas, mis sueños, mi ser entero y, en un delicado roce de tu dulce piel, mi cuerpo sea recorrido por el escalofrío que producen tu manos. Me fascina que me envuelvas con tu juego de palabras, de conversaciones improvisadas, de aventuras sin sentido, de palabras perfectas en un lenguaje ininteligible… de ti. Admirarte me domina porque, cada vez que mi mirada se posa en ti, me invitas a perderme en tu inmensidad, a seguir maravillado con esa tu belleza imperfecta que tanto sabotea mis sentidos.
Esa necesidad absurda de saber de ti, de sentirte cerca. De compartir tu respiración, de inhalar tu presencia. De saborear tu vida y de imaginar la mía al lado de la tuya. En esa atmósfera donde los dos quedamos rodeados de música y donde toda hablaba de ti. Adormecido en el efecto excitante de tu ser, cual caleidoscopio que con sus espectáculo confunde y aturde la vista. En un espejismo perfecto donde por fin el tánatos que invade mi alma ha encontrado a su eros que equilibra su continua pulsión de muerte y lo invita a regocijarse con el elixir de su mirada. Un eros egoísta que se alimenta con mi sangre y que no me permite nunca disfrutar un poco de su deleite.
Podría llenar éste mi epitafio con líneas de adjetivos, poesía y metáforas, sin embargo, sabes bien que todo se desmorona con el simple soplo de tu respiración en una expresión de desapruebo a toda esta cursilería barata que tú, en tu lengua extraña, nombras ñoñerías…
Anoche volví a soñar contigo y debiste haber visto mi sonrisa. En aquella imagen dibujé el sonido de tu voz y quedó grabado en lo más profundo de mi alma. Repliqué la imagen de tu rostro y el discreto rizado de tu cabello. ¿Acaso será que mi cuerpo se rehúsa a olvidar aquella idílica configuración facial de sentidos, adornada por pequeños detalles metálicos? No lo sé, ahora sólo me queda esta perfecta impresión fotográfica que te quiero regalar.
Si te he de ser sincero, a veces me gustaría admitir que me enamoraste. Pero quién pudiera enamorarse de alguien como tú, de este Ángel Infernal que hoy tengo frente a mí, un ser amorfo del cual no tengo registro en mi memoria. No sé en qué momento te volviste tan indispensable para respirar. No sé cómo pude colarme hasta este espacio submundano donde tu gobiernas. No sé por qué no pude escapar de tu sonrisa irreverente, tu melena abundante y tu apariencia desaliñada tan carentes de atracción a primera vista. Tal vez cegado por lo que suponía de ti, talvez fue por mi insoportable y constante decepción de esa cosa absurda que los humanos llaman amor que, nunca pensé enamorarme de algo como tú, de alguien que apareció sin ser siquiera convocado.
De pronto estás aquí y no es que pretenda en este viaje descifrar tus defectos y todo lo que no buscaría fuera de mí… digamos que hasta en eso soy inexperto ya que los conozco, los he visto y aborrecido en las otras criaturas pero no sé por qué no puedo alejarme de tu presencia perfectamentamente imperfecta.
Que ¿por qué tengo presente tantos detalles tuyos? La verdad es que ni yo mismo lo comprendo. Talvez sea porque me quedé con las ganas de tanto, que al momento de desvanecerte en aquella nube azufrosa te llevaste mis ilusiones contigo. No sé por qué me cuesta tanto trabajo hablar de amor en un intento de declaratoria inconsciente de lo que nunca sucedió, de lo que nunca tuvimos pero que me envolvió en el más delicioso conflicto psicótico y bizarramente emocional. Porque has de estar satisfecho que eso fue lo único que aquella mirada tuya tan perturbadora provocó en mí
Esa mirada que me envuelve en la más dañina seguridad, en una tentadora inspiración que desata las más profundas pasiones de mi ser, aunque debo confesarte que en ningún momento pude pensar en el deseo evidente por deleitarme con el tóxico sabor de tu piel y recorrer cada uno de tus rincones, porque llegaste a ser lo más puro que alguien en la vida me pudiera regalar y nunca lo quise trastornar con la maraña de locuras neuronales en mi cabeza ni mucho menos contaminar con mis pensamientos insanos de sabotajes emocionales y mis manos sucias producto de aquellas enervantes debilidades carnales del pasado.
Ahora gracias a ti, no sé qué es de mí. Sé bien que mi vida ya no es mía, que ya no volveré a la realidad, que nunca más despertaré de nuevo. Y en éste, mi último respiro, sólo quiero que sepas que en tus manos está dejarme morir o concederme el privilegio de seguir soñando.
