Nunca imagine verme en un lugar así y la verdad, aunque tenía un espejo al lado mío, nunca reparé en echarme un vistazo.
Todo comenzó con un encuentro fortuito con un pequeño duende travieso. Su aspecto era bizarramente atractivo pero su guarida era el lugar más ordinario para un sujeto como yo.
Decidimos huir juntos de aquella cotidianeidad y terminamos en una pequeña mazmorra que desprendía un ligero olor fétido. Mis sentidos quedaron inmediatamente abiertos para percibir todos y cada uno de los pequeños detalles de aquel submundo que nunca pensé podría coexistir con lo ordinario.
El guardián de aquel calabozo; un ente amorfo de miedo y, que por cierto durante mi encierro no pude percibir su género, saciaba a sus invitados con pócimas de una variedad exótica que posaban en recipientes de vidrio justo detrás de su cuerpo asexuado.
Sorprendido quedé al toparme con más de una silueta, que en mi pequeño espectro de inteligencia registraba como entes femeninos. Reían e incluso puedo afirmar que se divertían y disfrutaban compartir con aquellos monstruos submundanos que cualquiera, en otra realidad, rechazaría terminantemente.
Aún en estado de letargo, fui invitado por el duende a tomar asiento. De pronto nos abordó una criatura femenina de cuerpo robusto, cara redonda y unos ojos que se iluminaban de un falso verde. Mi acompañante se adelantó al discurso rutinario de la anfitriona para informarle nuestro deseo por probar esas bebidas preparadas con el elixir local y unos cuantos remedios más.
Una vez instruida, aquel ente femenino se dispuso a esperar frente a su amo y protector quien le dirigía mensajes en un idioma que no comprendí y miradas que peinaban el cuerpo regordete de aquella ninfa de las profundidades, barnizándola con un insano deseo carnal cada vez que su lengua recorría sus labios limpiando el exceso de liquido viscoso que escurría del hocico de aquel ser. De pronto percibí su mirada retadora, ¿a caso habría escuchado lo que pensaba de él? No quise descubrirlo y me dediqué a escudriñar aquel rostro que tenía enfrente, un rostro cuyo dueño no podría reclamarme por admirarlo y perder en él la noción del tiempo.
De repente la calma se vio perturbada al notar que los tentáculos de aquella criatura estaban ocupadas con dos recipientes curvos que denotaban contener aquel líquido adictivo que minutos antes habíamos solicitado. Después de un torpe movimiento, un ligero derrame y extraño lenguaje gráfico escrito en un pequeño lienzo rectangular, el duende me invitó a dar el primer sorbo a la pócima suspendida frente a mí.
Una mascota local rompió el silencio incómodo que se había colado entre el duende y yo. Una risa, una disculpa, un asesinato y de nuevo al contenedor transparente.
El mundo comenzó a girar más rápido, las siluetas parecían bailar frente a nosotros hasta que todo se empezaba a reescribir de la misma manera. Aquel lienzo rectangular poco a poco se llenaba de garabatos ininteligibles hasta que por fin mi duende encantado, o mejor dicho encantador, tuvo la fortuna de secuestrarme para disfrutar un poco del perturbador perfume de su piel en aquel enjambre urbano de follaje artificial y fauna mecánica ...
… lejos del peligroso resguardo de aquella infecta mazmorra que los mundanos llaman Cantina …